jueves, 5 de abril de 2012

Alicia y el conejo blanco

Alicia perseguía insistentemente al conejo blanco. ¿Qué era lo que la impelía a tal acción?, ¿sería la curiosidad de ser conocedora del porqué de un animal con reloj y chaqueta?, ¿querría saber el motivo de la prisa de éste?, ¿o tal vez meramente necesitaba algo que seguir?
Desde el instante en el que se cruza en su camino, se embauca en una persecución vehemente, sin tener en cuenta las consecuencias. Tan solo guiada por su anhelo y su deseo. Más adelante, bien adentrada en el bosque y bien adentrada en la locura, se lamenta de no saber volver a casa; repara en aquello en lo que no reparó.
Pero, ¿quiénes somos para juzgar a Alicia?, ¿acaso no seguimos en nuestras vidas a conejos blancos? Ya sea en forma de amor, de libertad...
Tal vez no lo hacemos con la insistencia de Alicia, o tal vez no somos conscientes de la intensidad de nuestra insistencia. Nos encontramos en encrucijadas en las que vamos descartando opciones por perseguir nuestro fin. Pueden guiarnos múltiples personajes a lo largo de la aventura, pero en última instancia decidiremos nosotros. La eterna búsqueda. Pero, ¿qué sucederá cuando alcancemos nuestro fin? En el caso de Alicia, descubrió las motivaciones del conejo, el cual era súbdito de la reina, y ella es juzgada y por poco asesinada, aunque logra escapar. ¿Se había equivocado de camino o era justo lo que necesitaba encontrar? Y nosotros, ¿qué sentimos una vez lo alcanzamos?, ¿felicidad efímera?, ¿felicidad estable?, ¿añadimos el éxito a la mochila y nos enzarzamos en una nueva búsqueda?, ¿con qué fin esta vez? Da la impresión de que estemos eternamente insatisfechos. Quizá es así como debe ser; puede que de otra manera el mundo no se moviera. Y tampoco es más feliz aquel que vaga sin rumbo, pues siente que carece de sentido todo a su alrededor.

Texto que escribí en mayo de 2010 y que hoy casualmente he encontrado. Es grato releer algo que escribiste y ni recordabas.

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