miércoles, 25 de abril de 2012

Íntimos desconocidos 2

Su rostro no estaba exento del paso del tiempo, pero además añdía muchas otras marcas. Señales que reflejaban el drama en su tez.
Cuando llegamos ya se hallaba en el vagón.
Dormitando, levantaba y bajaba su cabeza apoyándose en la mano. No despegaba los ojos. Me daba la impresión de que no quería despertar. De que tal vez no tenía donde regresar y el metro era su único lugar confortable; cálido, cerrado y aunque tan solo transitoriamente, en compañía.

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